Mañana me voy a la playa, por tercera vez en este año. Pero es distinto ahora, sí, después de haber metido mi ropa en el bolso y mis libros y cintillo en el otro, me paré en medio de mi pieza y suspiré, sabiendo faltaba algo que había estado evitando.
En mi velador, en mi alcancía, -en mi alma-, están ciertas cosas que me hieren el corazón. Dos cartas, una tortuga, un post it, una piedra; piedra que ha de irse en el mar conmigo y con ella. Ella.
Y me la estoy llevando, lo que me asusta un poco. Soy capaz de tirarme al agua salada llevándola entre mis manos y ahogarme. Morirme sin más, ya sin planificaciones. A veces creo que webeo tanto con el suicidio y con que me tiraré de un puente porque en el fondo siento que entre más lo diga y a más personas, menos llegaré en verdad a matarme. Ha de ser una cosa tan terrible que de un día para otro una persona que quieres simplemente deje de estar, y por su propia voluntad, que es lo más difícil de entender y asumir. Ahí uno piensa en todas las cosas bonitas que tiene la vida, en el mucho potencial de esa persona y en todo lo que se pudo hacer para que no ocurriera jamás una muerte así. Una desaparición, más bien. La inexistencia absoluta, tan triste y dolorosa.
Estoy rara porque han pasado puras cosas extrañas últimamente. Y de la nada me vi transformada en un marshmallow alone. Nunca lo intuí venir y no sé exactamente qué hacer; con más ahínco leo y pienso y me bloqueo por dentro. No sé. En vez de pensar cosas así debería estar durmiendo, no aquí viendo fotos, leyendo conversaciones antiguas y haciendo sangrar heridas que jamás nunca cicatrizarán. Y me levanto en menos de tres horas, a depilarme -¡que soy mujer y me encanta!-, bañarme, terminar de meter lo que me falta, blah.
Acabo de matar una polilla, por la mierda. Esto definitivamente ha de ser presagio de algo. Me tiemblan las manos...
[Tres y nueve.]
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