martes, 20 de noviembre de 2012

10

Tengo un poco de nostalgia, de recordarme en cuarto medio con todo el desplante que la soberbia y la inteligencia me daban, con todo el poder que podía proyectar tan sólo con ser y existir con las seis letras de mi nombre marcadas en mis ojos. Fui todo un personaje durante mi estadía en el colegio y el roce que tenía con los profesores es algo que hasta el día de hoy me hace sonreír. Voy a ver a algunos para tomar once, con otros -otra en específico- chateo hasta las tantas de la mañana cuando nos pillamos en internet.

Para mí salir de cuarto medio no fue un choque contra la realidad ni algo memorable en sí, no hice catarsis hasta casi un año después, jamás caí en verdadera cuenta de que terminaba una etapa y que con ella se acababan un montón de seguridades que no he vuelto a tener. Pero no extraño más que momentos de ese tiempo, ciertas personas y lo dominante de mi personalidad. ¡Puta que era sublevada en ese tiempo! Y tan cara raja al plantarme frente al mundo. Bueno, no he cambiado tanto en ese aspecto.

Cuando pienso en mi graduación me invaden una serie de pensamientos y sentimientos que no hallo cómo esquivar; mi licenciatura fue un día raro y complejo. Estaba incómoda con un jumper que en más de trescientos sesenta y cinco días no había usado, no tenía ningún lugar académico por el que subirme al escenario, fui la última a la que llamaron, no podía mirar a la Xime por más de cinco segundos seguidos sin que ella corriera la mirada con miedo y dolor, no sentía ningún puto apego por mi profesora jefe ni por mi curso en general, sólo sabía que iba a extrañar al Negro, a la Eva, al Mati y que al Diego y a la Karol jamás iba a dejar de verlos. No lloré cuando todos se abrazaban y despedían -en un sentido u otro-, no asimilé era el fin de un proceso. Al contrario, estaba ansiosa por la PSU, por entrar a la universidad y manejar mi propia libertad, emocionada por ser dueña de mis pasos y despegar hacia la luna.

Ahora pienso en graduaciones y no puedo evitar rondar dolorosamente lo que fue no estar en la licenciatura de ella, en tener que conformarme con unas cuantas fotos de su sonrisa mal contenida y con una carta mal doblada que le hice llegar tránfugamente. Fue vivir de nuevo un momento que llevaba casi dos años enterrado, jamás me sentí más lejana de mi pasado como en ese instante, como si siendo escolar mi existencia hubiese sido más trivial y superficial que la de ahora. En parte lo fue, perdida entre una relación imposible y emocionalmente agotadora, unas expectativas altísimas, una soberana irreverencia ante todo lo que fuese distinto, una ninfa de las nubes lujuriosa que jamás fue mía y un miedo insensato a asumirme con todas las imperfecciones de mi alma.

Fui atea, intolerante, prejuiciosa, explosiva y poco transparente. Era existencialista, destructiva y cobarde. Siento que mi crecer fue convertirme en alguien más medida, más honesta y más fuerte. Quisiera sentirme pasiva, relajada y centrada pero sería mentirme a mí misma, lo irónica va inherente a mi huesos. Lo soberbia también. Mis juicios se han vuelto más precavidos y con certeza puedo afirmar que soy tan brutal con la verdad como estructurada fui en matemática en esos tiempos.

Y si estoy nostálgica en este momento es porque toda la semana fui consciente de que la Cristina se graduaba, de que cerraba un ciclo, de que ya no es tan pequeña como suelo considerarla en mi fuero interno. Es cierto que veo el colegio medio lejano de lo que es mi vida actual pero es innegable que gran parte de mi carácter se forjó allí, junto con mi visión de mundo y mi manera de enfrentar a las personas. Entonces veo fotos de la graduación de cuarto y no puedo más que sonreír orgullosa de que la Cristina esté en mi vida, de que nos una un lazo de amistad tan fuerte y de que sea más mujer que niña en mi cabeza ahora. Quisiera verla, abrazarla y contarle que el próximo año voy a ir a verla barsamente en cualquier lugar en el que decida estudiar, aunque el mismo me signifique algún grado de dolor. Su salida de cuarto medio es también un puente entre su libertad y la mía.

Aprendí a armar un cubo rubik a los diez y siete años.

[Doce cuarenta y cuatro.]

viernes, 9 de noviembre de 2012

09

¿Y qué cresta pasó con tus ochenta y mis ochenta y dos? Con mi sillón burdeo y tus paredes de colores. Dime, cuéntame, explícame dónde está esa mirada en el café, el naranjo, los números imaginarios y tu jumper verde. ¿Sabes que es lo más triste? Que nosotras trascendemos los nanosegundos, los yoctómetros, las palabras y hasta la vida, mi amor, sabemos.

Mi novela avanza a un ritmo condenadamente súbito dentro de mi cabeza pero es inexistente en el papel -incluso en el virtual-. Ahora estoy chata con el puto poster de Taller III y mañana hay un carrete en Gomez Millas al que no voy a poder ir. Estoy pegada con Somebody that I used to know, con el video y la canción y la letra y las intervenciones de la mina. También me terminé un libro y quiero copiar una frase que me encantó.
"El día del entierro comprendí por qué en las películas los funerales se filman siempre con lluvia. En el cementerio donde lo enterraron los pájaros cantaban, había flores, el césped brillaba. Comprendí que la luz del sol es despiadada, son las sombras las que nos protegen.
Ningún gesto se escapa de la vista de los demás. Ningún rictus de dolor. Con tanta luz, con tanta claridad, era más dramática aún la idea de la muerte.  
[Los ojos del perro siberiano.]"

Temblar con la sola idea de que yo no exista más, ni un sólo minuto más bajo este cielo, respirando este mismo aire... sin luz en mis ojos nunca más.


[Tres cuarenta y tres.] 

jueves, 8 de noviembre de 2012

08

"El mar la llamaba y ella se entregó."

Y me fui a la playa, así, un miércoles en un bus cualquiera, por unas horas. Dije que era para comer reineta -forever antojada- pero más era para estar con mi amado mar. Con su fuerza, su rugir, su explotar cíclicamente y su frío. Porque me encanta el agua que me congela hasta el espinazo y las mareas de bandera roja para arriba; así me crié.

Tenía miedo de ir, la última vez que pisé arena mi corazón estaba lleno y pleno, mis besos tenían destino y el oleaje me traía un sólo nombre a la cabeza. Hoy fue como volver a la soledad tranquila que siempre me causaba estar frente al mar, meterme en el agua y saber con certeza que le pertenezco. Pero el rumor de las olas no cesó de enunciar un nombre, ese mismo nombre y el cigarro terminó por consumirse entre mis dedos.

Decidí el tema de mi primera novela, va a ser casi ridículo el parecido con mi vida y las de quienes se entrelazan con la mía. Los cambios van a ser sutiles pero suficientes para cambiar todo aquello que yo no he querido. No me arrepiento de mis decisiones o de mis acciones, cuando pienso en el pasado tiendo más a querer revivir ciertos momentos, ciertos roces y ciertas miradas.


¿Es normal vivir pensando en ella? Estar como posesa recordando, sintiendo, vibrando... estoy terriblemente jodida, por la chucha.

Entonces eso, mi novela va a ser absolutamente predecible. Ah, por cierto, en mi funeral no quiero claveles, quiero que derramen tequila en mis flores en vez de agua y que nadie llore. Soy cruel, sé.


[Una y cinco.]