sábado, 9 de febrero de 2013

21

Lo que me pasa tiene que ver con la soledad, sí. Pero no tan sólo la amorosa, no. Es más con la idea de la soledad en sí, como un todo que incluye absolutamente todas las áreas de mi vida; no voy a que me falten personas en las que apoyarme, tengo una familia increíble y unos amigos que muchas veces creo que no merezco, pero al final, cuando apago la luz de mi pieza y miro el techo... estoy yo con mis pensamientos, no importa cuántas personas más estén rondando mi cabeza en ese momento, sólo soy yo con estos ojos y estas manos.

Es ser yo, es estar yo, es vivir yo, es que sean mis sonrisas y mis pasos. Y no me nace decirle a nadie, no siento esa necesidad imperiosa de tener que tomar el teléfono y contar todos los detalles de lo que voy viviendo. Me los guardo, a veces los hablo -no todos juntos con la misma persona-, otras los converso una vez lo haya rumiado lo suficiente en las madrugadas, no lo sé. Me cuesta hallar la intención y el fundamento de lo que quiero decir.

Bastó mirarla a los ojos, tan transparentes, unos segundos para que se me movieran los peldaños. Fue necesaria sólo una noche observándola actuar en la oscuridad, con tanto cariño, preocupación y paciencia, para que yo supiera con exactitud. Bastó verla sonreír después de una noche de un remolino de emociones para que yo cayera en cuenta de todo lo que estaba sintiendo. 

Me sorprende profundamente cómo me agarra la vida, desprevenida por completo. A veces me cuesta tanto creer existan personas así, como ella, tan entregadas. Seres de luz, por supuesto que sí.

[Dieciocho y veinticinco.]

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