Otra vez un blog, parece que no me canso. Es como una necesidad imperiosa de escribir, de hablar, de expresarme, de darme a entender. Y además público, quizás para alimentar mi ego, en una de esas mi autoestima, ¿pero quién verdaderamente puede decirlo?
Antes era más poética para escribir, más metafórica, más deslumbrante a la vista. Un deleite de palabras, me dijeron. Y puta, como que he mutado harto en el camino, es inevitable, pienso, cuando pasan los inviernos por uno. ¡Tan vieja que soy, por la chucha! Existencialista y ameba la vida entera. Amante de mis zapatillas también.
Decir que soy lesbiana y que me encantan las mujeres debería tener al menos cinco párrafos. Que los números pulsan en mi sangre otros tres. Construirme en oraciones me resulta difícil, jamás existirá una palabra que me defina por completo. Quizás mi nombre esté a la altura, con él tiro la caballería encima, posesiva e impulsivamente. ¿Cómo no?, es el único nombre que voy a tener mientras respire.
Necesito recordar que el número de la casa vieja de mi mamá era el veinticuatro, que mi abuela escribía cada día de lluvia, que las calas le gustan a mi tía porque cuando era pequeña en su jardín habían demasiadas. Últimamente el pasado no para de inmiscuirse en mis reflexiones, los recuerdos que mis familiares traen al presente y me hacen pensar.
Fumo como condenada cuando necesito despejar mi mente, más bien llenarla de humo para que algunas cosas se me olviden o se queden a media reminiscencia. ¿Cuál será este afán de describirme? Creo que tiene que ver con que es la primera entrada. Uno suele dar los parámetros y los límites cuando se presenta. Tal vez es simple esquizofrenia.
El título es el nombre de la única hija que habita en mi interior. Un hijo siempre es un principio, un origen, una fuente de vida y de nuevas experiencias. Las asociaciones que hace mi inconsciente están influidas por demasiados libros y monitos animados. No quiero que deje de ser invierno.
Estoy enamorada con la vida y me rehúso con el alma a olvidar. Llevaba un rato decidiendo si escribirlo o no, quizás porque la sangre promete ilusiones que el frío se encarga de concretar. A ratos me da por volverme nube y convertirme en río, es la forma más noble de suicidio que se me ocurre.
Y tengo insomnio. Esa es la constante de mi escribir, las horas que debería consumir en sueño y que pierdo en contemplar la inmensa noche y su luna maravillosa.
Esta soy. Respirando, viviendo, sintiendo con cada fibra de mi ser como es que la tierra gira, las plantas crecen, las personas sonríen y las lágrimas escocen en el pecho.
Inhalar y exhalar. Números y letras. Sístole y diástole. Verdades y... dolor. Silencio, quizás, infinitas omisiones y desaires. Tinta y agua de mar.
Aquí me hallo.
[Una y diecisiete.]