Estoy a final de semestre y en vez de leer todo lo que debería leer, pienso. Pienso, divago e imagino. Y en eso se me van las horas. Como hoy, que estuve desde temprano pensando en ti y en la vida que construimos para nuestro futuro.
Me deprime creer que todo eso se ha perdido, que tú llevas la vida a un ritmo del que ya no soy parte, que antes no podíamos estar una noche sin dormir juntas, que yo pasaba de largo, que a ti te invadía el frío. Y de pronto nos encontramos así, respirando separadas.
Sé, por ejemplo, que en este preciso nanosegundo estoy lejos de aparecer por tu mente.
Y hay días en que me pregunto si no es mejor buscarte, ser tu amiga, no perderte de mi vida aunque ya nunca más sea dueña de tus suspiros. Porque mientras más pasa el tiempo, más se distancian nuestros caminos y de aquí a cinco años, voy a toparme contigo en una calle, una esquina, un bar o un puente y no vamos a reconocernos. Te saludaré de abrazo, rodeándote la cintura, mas tu sonrisa será de un cariño sin pasión y la mía un intento de mentira. Se me va a partir el alma, juro, si el tiempo nos transforma en eso. Y entonces caigo en cuenta de que no, de que me rehúso profundamente a tu amistad. Sin menospreciarla, no la quiero, no así, doliéndome la pérdida, añorando el pasado.
En las madrugadas me da por enamorarme de nuevo, ¿sabes?, desvestirme del luto y buscar nuevas semillas como las que aparecieron en tu vida. Empiezo a imaginar a una mujer, a describir que es lo que me gustaría, lo que quiero, lo que necesito; enumero las características, las miradas, el sabor de su piel y termino, indudable e incansablemente termino, en ti.
Entonces me siento triste y decido dormir, pero se me angustia el pecho. A veces lloro, otras sólo me duelo hondo. Y me doy vueltas en la cama hasta quedar en la posición exacta, de lado y con el brazo izquierdo extendido, volviendo a evocarte en la oscuridad.
Y resto, amor, de siete en siete, para dejar de sentirte.
En eso se me van las noches. Unas hijas de puta desde que estoy sin ti.
[Tres y once.]