Tomamos jugo porque hace un calor de mierda en la ciudad hoy. El mío es de naranja y el tuyo de durazno. No podemos hacernos las extravagantes en este café que está lleno de gente con cultura, elegancia y plata. Tampoco me importa, al final igual te tomo la mano sobre la mesa frente a todos los que nos miran -con una curiosidad que raya en la fijación- porque puta, soy valiente, sí, pero bien lejos de mi casa y de los que me importan.
Pero tú me lo perdonas porque te asusta soberbiamente la soledad. Entonces te disculpas con tus ideales de mujer independiente, entregada a que soy la última oportunidad que tienes de sentirte viva. Y por esos mis pendejerías no te importan, como que me invites a un café urbano y yo me pida "sólo un jugo, por favor, algo caliente sería redundante con este clima", como que te maquilles para verte preciosa y yo sólo haga comentarios respecto a tu impuntualidad constante, como que no sea capaz de asumir públicamente nuestra relación a pesar de que vivo contigo, de ti, casi todos los días.
Por la cresta, ni siquiera sé en qué universidad estudiaste, el nombre de tus padres o tu color favorito. Tú, en cambio, te sabes todas mis tallas, que me gusta dormir sola y que no creo en el matrimonio para siempre. Al menos el sexo es bueno, te dices todos los días, yo jamás apago la luz y estaría mintiendo si no admitiera que tu cuerpo me encanta.
Estás callada hoy, te digo.
Quiero terminar con esto, respondes sin mirarme.
¿Con qué? ¿Por qué?, te pregunto mientras revuelvo mi jugo.
No me amas no más, contestas triste.
Pero te quiero, confieso asustada.
Y tus ojos me miran hondo por primera vez desde que nos conocemos. Te levantas de tu asiento, dejas unos billetes sobre la mesa, me das un beso en la mejilla y me sonríes. Cuando mi jugo se termina me doy cuenta de tres cosas: que tengo frío y te llevaste mi chaqueta, que voy a tener que devolverme caminando a mi casa y que probablemente no vuelva a verte de nuevo. Nunca más.
[Tres cincuenta y uno.]
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