Te escribo una carta todas las tardes, todas las putas tardes. Mientras el cigarro se calienta entre mis dedos yo me acuerdo de todo lo que vivimos estos años. Hay días en que no quiero decirte nada y me obligo a tomar el lápiz para contarte cualquier cosa. Como que la mesa del patio está llena de huellas de gato porque hay una capa de polvo que lo permite. Y no me da vergüenza que sepas que no limpio porque si vieras la cantidad de ceniza que hay en el velador, en la ducha o en mis camisas, te morderías el labio con rabia.
Es que si no estás tú para hacer aseo, yo no lo hago. Tampoco me alimento bien, prefiero comer un chacarero con pebre en la esquina que llegar a la casa y que no haya un plato de comida caliente. Lo único que se mantiene a toda regla es el pasto, a ese hijo de puta lo corto todos los martes y sábados. Esos son los días en que llegaba temprano del trabajo y podía ver televisión mientras tu planchabas al lado mío. Era mi momento favorito de la semana y sé, mil veces sé, que si te devuelves arrepentida, va a ser por la tarde de uno de esos días. Y la primera cosa que verás será el jardín. Sí.
Y para que no sepas todo lo que te he necesitado conmigo, el pasto lo mantengo bonito. Corto y regado. Pero si te dedicas a mirarlo de cerca vas a encontrar ceniza. Y muchas migas de pan, que los chacareros me los como en el suelo, al lado de tu gruta. Me gusta comer acompañado y la Virgen del Carmen siempre me mira con los ojos bien abiertos.
No le prendo velas eso sí, esas son huevadas tuyas. Porque si la vieja de mierda hubiese escuchado tus rezos, yo no te hubiese sacado la cresta. Y si escuchara los míos, estarías aquí para hacerme almuerzo.
No le prendo velas eso sí, esas son huevadas tuyas. Porque si la vieja de mierda hubiese escuchado tus rezos, yo no te hubiese sacado la cresta. Y si escuchara los míos, estarías aquí para hacerme almuerzo.
[Una y quince.]
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