"No sé si alguna vez te ha pasado que lees, ves o escuchas algo que te paraliza todos los sentidos, no alcanza a bloqueártelos, pero los detiene en el espacio y el tiempo. Hablo de un dolor a la altura del esternón que más que quitarte el aire, te comprime el alma y la vida, te consume los colores, su nitidez, y de pronto te hallas con la garganta áspera y con un cosquilleo que te recorre la espina como un escalofrío sutil. Ajeno.
Me pasa siempre que me entero de verdades que no quiero saber, no importa si es de forma directa o no, me quitan hasta la respiración. Y después, después viene la quietud y el dolor, uno que te cala hondo pero con parsimonia. Lento, frío, tortuoso. Y el corazón te pulsa en la cabeza ante el recuerdo. Y quizás la culpa.
A mí me dan ganas de llorar, de estar sola, de exiliarme lejos. Y siempre me miro las zapatillas como si en ellas estuviesen las respuestas que busco. Y la calma, sí. Porque nunca me arrepiento de mis decisiones. Jamás. Incluso si son devastadoras después, si las consecuencias son esas verdades de las que me entero y le quitan el brillo al cielo.
Días oscuros, opacos, te lo escuché alguna vez. Esos momentos realmente malos que recuerdas con detalles. Nunca te digo que hay muchas de nuestras conversaciones que a veces se me devuelven a la cabeza y resuenan con otro tono. Mi insomnio es profuso algunas noches.
Pero esos momentos tristes pasan. Dejan un eco intenso, una huella, y pasan. Que a la noche le sigue siempre el día, aunque no duermas. Y, al menos a mí, me arrulla mejor el sol que la luna."
[Veintidós treinta y ocho.]
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