Hay días en que verdaderamente me cuestiono si soy una persona difícil de tratar, si el que sea temperamental y visceral complica a quienes me rodean, a tal punto de que si no fuesen pacientes, no me aguantarían mucho. En mi afán de ser yo misma lo más fielmente posible se me olvida lo agotador que puede ser estar al otro lado de mis ojos, yo existo no más, no me trato todos los días desde fuera sin saber por qué pienso, pregunto, digo o actúo cada cosa.
Y no es que me considere inestable o muy cambiante, es más una forma peyorativa de ser intensa, de ser impredecible en cuánto a cómo voy a sentirme. Mis gustos podrán ser muy marcados y distinguibles, pero mis reacciones dependen mucho de los tirones de mi guata, de las nubes del cielo y del carbono en el aire.
No me atrevo a preguntarlo temiendo que la respuesta sea un sí, que soy compleja de entender, que tengo cosas buenas -innegablemente, cualquier persona las tiene- y que esas equilibran un poco las malas, que canso emocionalmente, sin importar sea sobrellevable.
Quiero ser como me nace ser. Como un ciclón a veces, como una estalagmita otras, como un marshmallow en horas impares las restantes.
La amistad es una decisión y nadie está atado a mi absolutismo. No.
La amistad es una decisión y nadie está atado a mi absolutismo. No.
[Doce cuarenta y tres.]
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